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ESTAMPAS TINERFEÑAS

Tierras del Sur

14/ene/07 21:41
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Leoncio Rodríguez

¡Guía de Isora... en los confines del Sur! Su nombre tiene un viejo sabor de leyenda, que corre todavía en boca del pueblo, arraigada en la crédula imaginación campesina.

Ardían en guerra los nueve Estados tinerfeños. Desde la cordillera de Anaga hasta los límites de Acentejo peleaban los del Norte, enojados por el casamiento de Hañagua con Bencomo. ¡Treinta años de rivalidades y contiendas, vengando la defección e ingratitud de una mujer, famosa por su alcurnia y su belleza!

Y guerreaban a su vez los del Sur, con mayor encono todavía. Luchaban en medio de la ruina y esterilidad de las tierras asoladas por los volcanes, disputándose la posesión de un cerro, de un rebaño, o de una fuente escondida en el fondo de un barranco.

Varias veces intentaron algunos caudillos imponer la paz, pero otras tantas fracasaron en sus empeños. Los menceyes del Sur, batalladores y porfiados, no se avenían con la quietud. Guerreros por instinto, hábiles en el manejo de las armas, transmitían a sus súbditos la bélica condición que a ellos les dominaba. Y tal era su fiebre de rebeldía y de lucha, que, entronizadas ya en Tenerife las armas de Castilla, pidióse una Santa Hermandad para reducir a los díscolos, que continuaban haciendo correrías por los más abruptos lugares de la isla. Porque, decíase, "la tierra es demasiadamente fragosa; los naturales de ella muy ligeros e usados de andar por los riscos e asperezas, por donde los castellanos les es imposible caminar". ¡Noble y valerosa raza, que sucumbió aferrada a sus peñas como un ejército a su bandera!.

* * *

De todos aquellos bravos guerrilleros, ninguno tan rudo y temible como Adjoña, el joven mencey de Abona, que asentaba sus reales sobre las cumbres de Chiñama, inexpugnables a las acometidas enemigas, desde ellas vigilaba los campos y atalayaba los mares, por los que un día viera avanzar majestuosas, con sus velas henchidas, las naves de Herrera, el invasor.

Aficionado desde la infancia a los ejercicios bélicos, adiestrábase a diario en el tiro de piedra, y si alguno osaba penetrar en sus rediles, codicioso de sus ganados, caía al momento herido de muerte. De esta forma, el mejor centinela de las posesiones de Abona era el propio mencey. Y vigilaba desde los cerros, como el más fiel atalayero, por la integridad de sus dominios.

En tanto, una gran aflicción cundía entre los moradores del Sur. La tierra, exhausta, negábales todo sustento; secábanse los manantiales; desaparecía el agua fresca y cantarina de las fuentes. Ni una brizna de hierba, ni una hoja en los árboles, ni una espiga en los campos, ni un grano de trigo en los silos... ¡Todo desolación, aridez, sequedad! Peregrinaban hombres y mujeres por los yermos solitarios; subían a las montañas más altas y elevaban sus preces al cielo inclemente, enrojecido, que parecía iluminado por siniestro resplandor de hoguera... ¡Pedían e imploraban con triste acento, mezclando sus voces con el balido de las ovejas hambrientas y tornaban a desparrarmarse por la llanura soleada o a guarecerse en sus cavernas, rendidos de tedio y de dolor...!

* * *

Uno de aquellos días aflictivos vióse descender por la ladera de Abona un rebaño, procedente de los lugares de Goimar. Buscaba la sombra y el regazo del valle. Seguíanle dos zagales, agitando sus lanzas. De súbito, hendió los aires el silbar de las piedras con que el mencey y los suyos intentaban detener la intrusa manada, pero ya ésta había irrumpido en los predios de Adjoña, confundiéndose con sus ganados.

Aprehendidos los dos pastores, confesaron que procedían de tierras rivales. Llamábanse Arico e Isora; él, un gallardo mozo, atlético y moreno; ella, una agraciada doncella, de esbelta figura y ojos negros como los carbones del volcán...

De rodillas entre los hoscos guardianes, que se disponían a llevarlos prisioneros al "auchor", pedían clemencia al mencey, que impasible contemplaba a la moza...

Brillaban como ascuas los ojos de Isora, y un escalofrío de terror invadía su cuerpo, presintiendo la muerte cercana.

De pronto, ante el asombro de sus siervos, adelantose Adjoña hacia la moza, y tendiéndola las manos hidalgamente, brindó perdón a los dos hermanos. ¡El tirano, rendido por la gracia de la plebeya, había dejado de serlo en aquel instante, con sorpresa de todos sus súbditos!

Y domeñadas las cóleras del mencey, sosegados sus odios, vencidas sus codicias, volvieron a pacer libremente los ganados y a reinar la paz en los campos de Abona.

¡Y lo que no habían conseguido guerras ni amenazas, consejos ni súplicas, lográronlo aquella vez, con su magia irresistible, los ojos de Isora...!

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