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LO QUE ES ENRIQUE GONZÁLEZ

El hombre del abrigo negro

14/ene/07 20:46
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Había terminado los seis años de estudio en la Facultad de Medicina de Cádiz. El título de médico me permitía ejercer la Medicina, pero yo no me encontraba capacitado para soportar la responsabilidad de tener en mis manos la vida o la muerte de un enfermo. Pensé en ampliar mis estudios y sobre todo extender mis escasas habilidades prácticas. Había que buscar una especialidad. Porque la tuberculosis tuvo importante incidencia en mi familia y mis pulmones, decidí especializarme en tuberculosis. Y, sin prisas para ejercer la medicina, me dispuse a prepararme con los mejores maestros y en las mejores escuelas. Siempre he pensado que hay dos facetas en la vida de un profesional, una de formación y otra de realización. Y las dos fases están separadas por la necesidad de ganar dinero. Si el dinero no cuenta, la formación se puede alargar hasta que se complete. Si el dinero cuenta, entonces hay que superponer la formación y el trabajo remunerado, cosa más difícil, aunque no imposible.

Mi objetivo era muy alto, nada menos que los Sanatorios de las altas montañas suizas, que eran los más famosos del mundo. La tuberculosis con la cura sanatorial y algunos tratamientos, comenzaba a declinar. Había leído La Montaña Mágica de Thomas Mann y estaba impresionado por el doctor Behrens y el doctor Krokovski, con su disección psíquica, que luego sería muy importante en mi comportamiento. Por entonces, las salidas al extranjero no eran fáciles. La Medicina en España se despegaba, pero con lentitud.

La Facultad de Medicina de Cádiz me becó para un curso de verano que se celebraba en Santander, en el Centro de la Salud de Valdecillas, donde estuve un mes asistiendo a sesiones clínicas y conferencias. Pensaba quedarme allí hasta que contactara con un mi objetivo suizo, cuando recibí una carta de don Tomás Cerviá, ofreciéndome una plaza en el Sanatorio de Ofra, con accesos a su biblioteca y con la promesa de que, cuando estuviera preparado en lo más elemental, me conseguiría ampliar estudios en el mejor centro dedicado a la tuberculosis. En el fondo de mi conciencia había una buena dosis de venganza hacia aquel bacilo descubierto por Koch, que había matado a una abuela, estuvo a punto de hacerlo con mi padre y por poco no me deja sin carrera y sin vida.

Creía que era una buena solución volver a Tenerife y formarme científicamente con Cerviá. Tomé un tren que me llevaría a Madrid. Que me llevaría, era un decir. Porque era un proyecto de realidad, que quedó sólo en proyecto. En uno de sus asientos intenté dormir. Estaba tan cansado que casi rocé un sueño algo profundo, cuando de pronto el vagón comenzó a dar saltos. Creía que era un sueño y que aquellas sacudidas no correspondían a sensaciones originadas en mi cuerpo sino al vaporoso producto de mis eructos oníricos. Las sacudidas del cuerpo se convirtieron en realidad cuando mis sentidos se despertaron por los gritos de dolor y pánico que me rodeaban. El vagón en el que yo viajaba se salió de la vía. Estaba algo inclinado. Los viajeros del mismo tenían heridas de cara. Alguna nariz rota, pómulos sangrantes, frentes despellejadas. Algunas maletas habían impactado sobre los cuerpos de varios viajeros. Entre tantos heridos, yo no tenía ni un rasguño.

Eran tantos los gritos que salí corriendo por si podía ayudar en los otros vagones, que suponía más dañados. Había vagones vueltos totalmente. Otros encabritados. Otros montados. Los gritos de dolor por las heridas se confundían con los gritos de sufrimiento por la pérdida de seres queridos. En aquel infierno de dolor y de muerte, estaba confundido por el dantesco espectáculo, pero sin una herida. Estaba penetrado por un sentimiento de dolor compartido y alegría individual. Había salvado la vida, pero estaba rodeado y contagiado por el dolor. El tren había descarrilado en Aguilar del Campoo, en la provincia de Palencia. Aunque era verano, hacía mucho frío. La noche era oscura y la luna se reflejaba en las aguas de un río, que el tren había traspasado casi en su totalidad. La resistencia del puente evitó lo peor. En el último vagón viajaba el general Moscardó.

Y en aquel ambiente de confusión y dolor, con la conciencia de la muerte y la conciencia de la vida disputando el lugar preferente de mi mente, como surgido de la oscuridad, apareció un hombre de unos sesenta años, muy bien vestido, con un abrigo negro, cruzado. Con rostro serio y amable, de muerte y de vida, se me acercó. Me saludó. Y yo, confiando en su sabia madurez, quizá para que me sacara de la confusión que embotaba mi cerebro o para que confirmara que mi salvación había sido un milagro, le dije: "¡Qué extraña es la vida!, ni usted ni yo hemos recibido ni si quiera un herida. Y tantas personas han perdido la vida o tienen lesiones graves". Y aquel hombre, envuelto en su elegante abrigo oscuro, con voz educada, como salida de las capas más inteligentes de su mente, en lugar de contestarme me preguntó, con palabras pausadas: "¿Alguna vez ha ganado usted en la lotería?". A lo que le contesté que no. "Yo tampoco me he sacado la lotería. Así, usted y yo no tenemos la suerte de la lotería ni la desgracia de un descarrilamiento de tren".

Un grito intenso de dolor, desde uno de los primeros vagones, hizo que volviera mi cara hacia el tren. Cuando busqué de nuevo al hombre del abrigo no estaba. Lo busqué por todas partes y no lo encontré. Estuve el resto de la noche en la estación ferroviaria de Aguilar del Campoo. En las primeras horas de la mañana, a los pocos supervivientes nos llevaron en otro tren hasta Madrid. No volví a ver al hombre del abrigo. ¿Sería un hombre o sería? un ángel? No lo sé. Pero, desde entonces, no tengo ningún interés por la lotería. Una pedrea no vale una vida.

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