ESTOS ÚLTIMOS DÍAS estoy observando cómo en todos los medios de comunicación, de forma despiadada, se ataca a los periodistas por el solo hecho de difundir lo que ocurre, aquello que es noticiable, aquello que debe conocerse. La función del periodista es informar enseñando, y a mi parecer esta función se cumple a la perfección tanto en la Prensa nacional como en la provincial o local.
Resulta al menos pintoresco que se rasguen las vestiduras estos, y aquellos, porque se difunda que en el seno del Partido Socialista existen tensiones, divisiones y enfrentamientos. O que, por ejemplo, se propague que algún miembro del Partido Popular, convertido en tránsfuga, hizo posible, en su momento, un gobierno de signo distinto al que estaba gobernando.
Esto ocurre, y la prensa oral o escrita está obligada a difundirlo, y con cuanto mayor lujo de detalle lo relate, mucho mejor. Si existen frases inconvenientes, y no se desea que sean aireadas, que no se pronuncien.
Pero lo que no debe hacerse es matar al mensajero, matar al periodista, por el solo hecho de reflejar la realidad que, en ocasiones, ya estaba en la calle.
Pienso que lo que hay que hacer es alabar y aplaudir a aquellos medios de difusión oral o escrita que, fieles a la verdad, la difunden, como es su principal obligación.
Y no puede nadie rasgarse las vestiduras porque se propague un acontecimiento social, una boda por ejemplo, por la significación social de los contrayentes, o de los padres de ellos. Esto es noticiable y debe difundirse.
Y si ello acontece, como es público, nadie puede llevarse a engaño, y quien difunde la información hace bien y cumple con su deber. No puede nadie llamarse a engaño.
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